le deseo sinceramente un juicio justo, apegado a derecho y, en la
medida de lo posible, un calabozo limpio, cómodo y digno. Ojala que
nadie lo golpee, General, que nadie lo humille. Que no le confisquen su
casa ni su auto ni le destruyan su biblioteca. Que no le venden los ojos
ni lo tiren al suelo para darle patadas y culatazos. Que no lo cuelguen de
los pulgares, ni le administren descargas eléctricas en los testículos, que
no le arranquen la lengua, que no le hundan la cara en una pila de agua
de vómito ni lo asfixien metiéndole la cabeza en una bolsa de plástico,
que no le revienten los globos oculares, que no le quiebren los huesos
de las manos, que no le introduzcan ratas hambrientas por el ano, que no
lo violen, ni lo mutilen, ni lo hagan volar a pedazos con una carga
explosiva; que no disuelvan su entierro a macanazos, que no secuestren
a sus hermanos ni les arranquen los pezones a sus hijas. Es decir,
General, ojalá que no le hagan nada de lo que sus subordinados hicieron,
bajo las órdenes y la responsabilidad de usted, a miles de chilenos y
chilenas y a muchos otros ciudadanos de Argentina, de España, de
Francia, de Alemania, de Suecia. No. Que le organicen un juicio justo y
que le preparen una celda limpia y cómoda en la que pueda pasar sus
últimos años sin padecer frío ni hambre. No es nada personal. Es que si
eso se consigue, general Augusto Pinochet Ugarte, la humanidad habrá
dado un gran paso hacia el reencuentro consigo misma.
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